Sobre Escribir

Cada vez escribo menos. No es que tenga menos ideas, ya que siempre se puede escribir de cualquier tema, pero sí menos ganas.

De hecho, tan pocas ganas tengo que me algo en mi interior me dice que pare ahora mismo, que no siga. Que cierre esta ventana del navegador y que me ponga a hacer otras cosas. Que deje de perder el tiempo.

Siento que no tengo nada que transmitir, mi mente me dice que no vale la pena, que las palabras escritas no sustituyen a la experiencia real. Será por eso también que últimamente solo me apetece leer novelas y no puedo leer libros que traten de enseñarme algo durante más de 10 minutos seguidos.

¿Podría llamar a esto la escritura apática?

Se siente como una pesadez cercana al corazón, una repulsa. Que voy a contar si, al cabo de dos días, ya nadie se acuerda de eso, ni siquiera yo mismo.

¿Sólo para entretener un ratito?

No creo que el mundo necesite más palabras, sino menos.

Hubo una época, durante varios años, en la que escribía regularmente un diario. No cada día, pero si al menos una vez a la semana o un par de veces al mes. Escribí muchísimas páginas, con todo tipo de vivencias.

Y la verdad es que es una pasada volver a releerlo, aunque no es algo que haga a menudo. Pero las veces que lo he abierto es como si hubiera guardado una parte de mi vida allí. No está en ningún otro sitio. Guardé parte del pasado.

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Tu Dinero

Tal y como expliqué brevemente en este otro post, el tema del dinero es algo que siempre me ha interesado mucho.

No suele estar muy bien visto el decir algo así en público, al menos en ciertas sociedades. Parece que uno tenga que ser un avaro o un egoísta solo por el hecho de comentarlo. Y muchas veces se traduce en la mente del oyente en que “te gusta el dinero”, como si eso fuera algo malo.

Y a mí de hecho el dinero en sí no me gusta ni me disgusta, pero sí que me fascina lo que representa: libertad para algunos y esclavitud para otros.

Seguimos viviendo en un mundo donde la gran mayoría de personas están “obligadas” a cumplir unos horarios y acatar unas órdenes durante, como mínimo, 5 días a la semana.

Ojo, esto siempre ha sido así. En la prehistoria pasaba lo mismo: si no te apetecía ir a cazar un mamut, no tenías comida. El ser humano siempre ha tenido que intercambiar su trabajo y esfuerzo por los medios de subsistencia.

El tener suficiente dinero te permite romper esas cadenas y ser dueño completo de tu tiempo y de tus acciones. Algo que, hasta hace no muchos años, era exclusivo solo de reyes y señores feudales.

Por otra parte, el dinero, llevado al otro extremo, puede esclavizarte también por sí mismo, sin necesidad de ningún agente externo. Claramente tiene un carácter adictivo y el querer acumularlo puede llevarte incluso a perderte el resto de tu vida.

Me parece fascinante, por ejemplo, como un monarca de un país del primer mundo, que tiene más riqueza, poder y contactos que la mayoría de la población, puede tirarlo todo por la borda por acumular un poquito más de dinero.

Sin embargo, ¿qué es exactamente el dinero? ¿Equivale a algo?

Lo utilizas cada día, ¿pero alguna vez te has preguntado de dónde viene o quién lo dirige? ¿O si se puede crear de la nada? ¿O por qué existen diferentes tipos de monedas hoy en día?

Y lo más importante… ¿sirve de algo saber todo ésto o es simple curiosidad histórica?

Yo creía que era simple curiosidad y que no me aportaría mucho el saber cómo funcionaba el tinglado, más que para llenar mi cabeza de datos. El saber por saber nunca me ha interesado demasiado: me gusta más cuando el saber se puede poner en práctica para mejorar mi día a día.

Hasta que, un tiempo atrás, empecé a engancharme y leer artículos y libros sobre el dinero que respondían a las preguntas antes mencionadas.

Y lo que descubrí fue espectacular.

No solo me afectaba de forma directa este nuevo conocimiento que iba adquiriendo, sino que podía llegar a ser una parte fundamental de mi vida. Una pieza esencial de esa libertad de la que hablaba antes.

Así que voy a tratar de resumir alguna de estas ideas a continuación.

El dinero en su esencia es básicamente tiempo.

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¡****idos políticos!

Hay personas que, según he escuchado -no conozco a ninguno directamente, la verdad-, dedican gran parte de las horas de su día a ganar dinero gestionando las actividades, derechos y deberes de otro grupo de personas más grande que vive en un cierto territorio de este planeta.

Yo nací y suelo vivir en un lugar donde hay muchos edificios, cerca del mar y rodeado de un monte no muy alto, con un parque de atracciones en la cima. En general suele hacer buen tiempo.

Pues bien, como decía, hay un grupo de personas, organizado jerárquicamente, que pasan el día muy atareados en reuniones, estudiando casos, decidiendo cosas y aprobando o derogando leyes que afectan a las personas que viven en este lugar y sus alrededores.

Su trabajo, en teoría, consiste en velar para que la vida en el conjunto de este territorio sea cada vez mejor, lo cual a veces significa “más”: más dinero en la economía, más viviendas, más trabajo, más paz, más libertad, más oportunidades, más justicia… y a veces “menos”: menos pobreza, menos impuestos, menos desigualdad…

El caso es que, este grupo de personas, al tener autoridad para “dirigir” los derechos, deberes y actividades del resto, inevitablemente poseen también lo que se llama “poder“.

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¡Quédate en casa!

Tengo miedo al ver cómo se han limitado mis libertades de movimiento de una manera tan rápida y efectiva.

Tengo miedo al ver como ha sido tan sencillo implementar tantísimo miedo en la sociedad, ahora que he visto hasta qué punto la mayoría de personas hacen caso a una “autoridad” de forma ciega.

Tengo miedo de llevar mascarilla, porque sé que las veces que me he visto obligado a llevarla, he sentido como no estoy oxigenando bien mi cuerpo.

Tengo miedo al ver cómo rápidamente se han aprobado leyes que sientan una base para el control de la población mediante la tecnología.

Tengo miedo a que el estado, de alguna manera, me pueda llegar a obligar un día a ponerme una vacuna que yo no he pedido.

Tengo miedo a que, al haberlo normalizado, el gobierno pueda volver a confinar a las personas en cualquier momento y con cualquier nueva excusa.

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Tu perrito Ambar

Seguramente a lo largo de tu vida habrás tenido alguna mascota. Quizá un hámster, un conejo o un periquito, aunque lo más normal es que haya sido un perro o un gato.

Imagínate ahora que una tarde viene una amiga a tu casa y te regala un perrito de pocos meses de edad, un bonito Golden Retriever con el nombre de Ambar, por el color dorado de su pelaje.

Te presento a Ambar:

Es mono, ¿eh? 🙂

Al día siguiente, a eso de las 12 de la mañana, sin tiempo aún para encariñarte con él, coges a Ambar y te lo llevas al patio de tu casa. Atas su correa a la pata de una mesa y vas un momento a la cocina.

El cuchillo de tamaño mediano que está bien afilado servirá. Y el cubo de color verde también.

Vuelves al patio. Ambar te está mirando divertido, con esos ojitos verdes y moviendo la colita de un lado a otro, juguetón.

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