¡****idos políticos!

Hay personas que, según he escuchado -no conozco a ninguno directamente, la verdad-, dedican gran parte de las horas de su día a ganar dinero gestionando las actividades, derechos y deberes de otro grupo de personas más grande que vive en un cierto territorio de este planeta.

Yo nací y suelo vivir en un lugar donde hay muchos edificios, cerca del mar y rodeado de un monte no muy alto, con un parque de atracciones en la cima. En general suele hacer buen tiempo.

Pues bien, como decía, hay un grupo de personas, organizado jerárquicamente, que pasan el día muy atareados en reuniones, estudiando casos, decidiendo cosas y aprobando o derogando leyes que afectan a las personas que viven en este lugar y sus alrededores.

Su trabajo, en teoría, consiste en velar para que la vida en el conjunto de este territorio sea cada vez mejor, lo cual a veces significa “más”: más dinero en la economía, más viviendas, más trabajo, más paz, más libertad, más oportunidades, más justicia… y a veces “menos”: menos pobreza, menos impuestos, menos desigualdad…

El caso es que, este grupo de personas, al tener autoridad para “dirigir” los derechos, deberes y actividades del resto, inevitablemente poseen también lo que se llama “poder“.

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¡Quédate en casa!

Tengo miedo al ver cómo se han limitado mis libertades de movimiento de una manera tan rápida y efectiva.

Tengo miedo al ver como ha sido tan sencillo implementar tantísimo miedo en la sociedad, ahora que he visto hasta qué punto la mayoría de personas hacen caso a una “autoridad” de forma ciega.

Tengo miedo de llevar mascarilla, porque sé que las veces que me he visto obligado a llevarla, he sentido como no estoy oxigenando bien mi cuerpo.

Tengo miedo al ver cómo rápidamente se han aprobado leyes que sientan una base para el control de la población mediante la tecnología.

Tengo miedo a que el estado, de alguna manera, me pueda llegar a obligar un día a ponerme una vacuna que yo no he pedido.

Tengo miedo a que, al haberlo normalizado, el gobierno pueda volver a confinar a las personas en cualquier momento y con cualquier nueva excusa.

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Tu perrito Ambar

Seguramente a lo largo de tu vida habrás tenido alguna mascota. Quizá un hámster, un conejo o un periquito, aunque lo más normal es que haya sido un perro o un gato.

Imagínate ahora que una tarde viene una amiga a tu casa y te regala un perrito de pocos meses de edad, un bonito Golden Retriever con el nombre de Ambar, por el color dorado de su pelaje.

Te presento a Ambar:

Es mono, ¿eh? 🙂

Al día siguiente, a eso de las 12 de la mañana, sin tiempo aún para encariñarte con él, coges a Ambar y te lo llevas al patio de tu casa. Atas su correa a la pata de una mesa y vas un momento a la cocina.

El cuchillo de tamaño mediano que está bien afilado servirá. Y el cubo de color verde también.

Vuelves al patio. Ambar te está mirando divertido, con esos ojitos verdes y moviendo la colita de un lado a otro, juguetón.

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Vivir en contradicción constante

A veces siento ser el gato de Schrödinger. Sí, aquel gato teórico que está muerto y vivo a la vez, hasta que alguien mira dentro de la caja donde está metido y de repente una de las dos posibilidades se materializa.

O vivo o muerto. Las dos opciones a la vez.

La física cuántica estudia ese fenómeno. A nivel computacional, un ordenador está programado mediante unos y ceros, lo cual significa abierto (1) o cerrado (0) para que la corriente pase por el circuito. Si está cerrado la coriente no pasa y si está abierto si, es sencillo.

Los ordenadores cuánticos aún no existen como tal, pero varias empresas enormes como Google o IBM están desarrollándolos. Esto significa que en vez de estar programados con unos y ceros podrían “estar” en los dos estados a la vez, en el uno y el cero juntos, lo cual permitiría realizar en unos segundos cálculos que a los ordenadores “normales” de hoy en día llevaría unos 10.000 años.

Yo no tengo ni idea de todo ésto. Acabo de regurgitar cosas que he leído por ahí y que he tomado como ciertas en el momento presente o altamente probables.

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Practicar Yoga

Hará unos 4 o 5 años que regularmente practico algún tipo de Yoga.

Desde que fui a la primera clase creo que no he abandonado la práctica por más de un mes seguido. Esto no es para ponerme por encima de nadie, sino simplemente para indicarte que me va bien y por eso no lo dejo.

Si tengo que explicar por qué lo hago, te diría que es por un tema de salud.

Salud física, salud mental y salud espiritual, o como quieras llamarle a esta última. El caso es que me parece que no es una práctica específica y compartimentalizada, para ciertos aspectos concretos, sino me va bien para todo el rango de niveles en los que experimento la vida hoy en día:

  • A nivel físico, por una parte provoca que disminuyan las tensiones que voy acumulando en mi cuerpo. Cuando acabo una práctica me siento más ligero, por decirlo de alguna manera. Por otra, me siento “mejor” en general. Es decir, si ese día estaba resfriado o me dolía la barriga, por ejemplo, luego me suelo encontrar ligeramente mejor.
  • A nivel mental, hace que simplemente disminuyan la velocidad, número e intensidad de los pensamientos que pasan por mi cabeza. Es como bajar una o varias marchas. Me proporciona paz y claridad.
  • A nivel espiritual, consigo sentir una mayor empatía por las demás personas, un menor apego por lo que pienso que soy “yo”, mi vida o lo que me ocurre y una mayor confianza en la vida en general.

La verdad es que vivir no es fácil y, vete tu a saber por qué, no tenemos un manual de instrucciones. Hay veces en las que parece que va todo mal y lo pasamos mal, veces que parece que todo va bien y estamos genial (o no sufrimos, que ya es mucho) y veces que parece que todo va bien e igualmente estamos sufriendo y no sabemos ni el por qué.

El yoga me ayuda a que todo ésto sea un pelín más sencillo.

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